¬ŅPuede Sylvia Earle salvar los oc√©anos?

Casi lo primero que Sylvia Earle me dijo fue: “Los oc√©anos se est√°n muriendo”.

Estuvimos en una peque√Īa cena en Manhattan el oto√Īo pasado, celebrando el estreno en Nueva York de un documental sobre ella llamado Mission Blue. Como la ocean√≥grafa m√°s conocida del mundo, Sylvia es para nuestra era lo que Jacques Cousteau era para una anterior, siente una gran responsabilidad. En su vida, ella ha visto el oc√©ano da√Īado de formas que los humanos nunca pensaron que podr√≠a ser. El desastre en curso la deja triste, desolada y a veces aterradora para hablar. Desde su primera inmersi√≥n, en el casco de un buzo de esponja en un r√≠o de Florida cuando ten√≠a 16 a√Īos, ha pasado 7,000 horas, o la mayor parte del a√Īo, bajo el agua. En las profundidades, el pez espada y los peces bioluminiscentes y las ballenas jorobadas a media canci√≥n han nadado junto a ella, han hecho una doble toma y se han detenido para verla. Seg√ļn la experiencia de su vida, ella ya no se ha vuelto realmente terrestre. Ella es como una criatura marina s√ļper-√°pice que de alguna manera termin√≥ en tierra firme y est√° caminando y cont√°ndoles a todos sobre la ruina terminal que los humanos est√°n infligiendo en su hogar.

Todos los d√≠as aparecen m√°s signos que parecen demostrar que sus predicciones son correctas. Ella ve portentos de la alteraci√≥n de los seres humanos de los oc√©anos visibles para nadie m√°s. Nuestros restos est√°n ahora en todas partes: ella sabe que en California, a unos 10,500 pies de profundidad, una solitaria silla de patio de pl√°stico blanco se sienta en la parte inferior como si su ocupante se hubiera levantado para dar vuelta a los filetes. Ella observa c√≥mo se destruye la vida marina desde todas las direcciones, entre la sobrepesca y la contaminaci√≥n y el aumento de las temperaturas, con la qu√≠mica del oc√©ano yendo al infierno y para√≠sos de arrecifes que sol√≠a amar ahora muertos y podridos. Como se√Īal√≥ el Papa Francisco en su reciente enc√≠clica sobre el cambio clim√°tico, “los arrecifes de coral comparables a los grandes bosques en tierra firme … ya est√°n est√©riles o en un estado de declive constante”. Sylvia comenz√≥ a advertir sobre esa pesadilla hace d√©cadas.

En mayo pasado, una peque√Īa historia en la p√°gina seis en Los New York Times inform√≥ que los barcos chinos, seg√ļn lo observado por Greenpeace, hab√≠an estado pescando ilegalmente en la costa oeste de √Āfrica. Las aguas costeras de China se han agotado tan gravemente que los buques chinos ahora deben ir mucho m√°s lejos de casa. Fuera de √Āfrica, sus m√©todos de arrastre de fondo rasgaron el fondo del oc√©ano y capturaron peces sin tener en cuenta los l√≠mites o las especies, dijo Greenpeace. China respondi√≥ diciendo que sus barcos proporcionaban tarifas y otros beneficios a los pa√≠ses africanos en cuyas aguas pescaban. Las ofensas observadas ocurrieron al mismo tiempo que algunos de esos pa√≠ses estaban en un caos cercano, luchando contra el virus del √Čbola. Podemos imaginar que esta historia contiene un bosquejo del futuro del que habla Sylvia.

Video cortesía de Kip Evans de Mission Blue

Cuando el aventurero Thor Heyerdahl cruz√≥ el Pac√≠fico en balsa en 1947, no vio basura. Hoy, los parches de basura del tama√Īo de pa√≠ses peque√Īos rotan en los centros de varios oc√©anos. Un estudio de la basura del oc√©ano en 2009 encontr√≥ que las colillas de cigarrillos eran los desechos m√°s comunes, con las bolsas de pl√°stico en segundo lugar. De peligro desconocido son las piezas de pl√°stico mucho m√°s peque√Īas que infunden los mares y probablemente lo har√°n para siempre. Los animales marinos ingieren fragmentos de pl√°stico y mueren. Las redes de pesca de nylon perdidas o desechadas y los palangres de monofilamento se desplazan sin cesar, atrapando y matando a cientos de miles m√°s cada a√Īo. Seg√ļn otro estudio, una parte del Pac√≠fico llena de detritos contiene seis libras de basura flotante por cada libra de plancton natural.

En los Cayos de Florida y la regi√≥n del Caribe, hasta el 80 por ciento de los arrecifes de coral est√°n muertos o en grave declive a medida que las altas temperaturas del agua los blanquean. El exceso de CO2 en la atm√≥sfera conduce a la acidificaci√≥n del oc√©ano, que ya est√° destruyendo las conchas de los caracoles marinos y otras peque√Īas criaturas cerca de la base de la cadena alimentaria del oc√©ano. Cuando el CO2 en la atm√≥sfera exceda las 560 partes por mill√≥n, un nivel que es probable que alcancemos a fines del siglo XXI, todos los arrecifes de coral, las incubadoras de la vida, eventualmente desaparecer√°n. Quiz√°s el 70 por ciento del ox√≠geno en el planeta proviene de la fotos√≠ntesis que tiene lugar en organismos en o cerca de los pocos pies de agua ricos en luz solar en la superficie del oc√©ano. El oc√©ano suministra aproximadamente dos de cada tres respiraciones que tomamos. Lo que el cambio clim√°tico har√° a esa producci√≥n de ox√≠geno es siniestro e incierto.

La mayor√≠a de los peces grandes en los oc√©anos se han ido. “Tenemos que dejar de matar peces” fue lo segundo que Sylvia me dijo. Las poblaciones de depredadores m√°s grandes como el bacalao, el marlin, el halibut y los tiburones tienen menos del 10 por ciento de sus n√ļmeros de hace 70 a√Īos. Ahora estamos tomando peces espada que apenas han alcanzado la etapa de reproducci√≥n. “Comer estos peces es como comer los √ļltimos tigres de Bengala”, dice ella.

El presidente George W. Bush estableció el Monumento Nacional de 140,000 millas cuadradas en el Noroeste de las Islas Hawaianas, que Earle ayudó a inspirarlo a crear, en junio de 2006.

Su respuesta a la ca√≠da del n√ļmero de peces y a la crisis en general es establecer Hope Spots, lugares protegidos en el oc√©ano donde se proh√≠be el vertido, la miner√≠a, la perforaci√≥n, la pesca y todas las dem√°s formas de explotaci√≥n. Ella ha elegido casi 60 lugares para este estado, y sue√Īa con tener el 20 por ciento del oc√©ano totalmente protegido para 2020. En este momento, alrededor del 2 por ciento tiene esa protecci√≥n. Una gran victoria en esta b√ļsqueda se produjo en 2006, cuando se sent√≥ en la misma mesa con el presidente George W. Bush en una cena de la Casa Blanca y lo ayud√≥ a crear un monumento nacional marino totalmente protegido de 140,000 millas cuadradas alrededor las islas hawaianas del noroeste. Establecer muchos m√°s Hope Spots es el objetivo principal de la vida de Sylvia.

Y sin embargo, de alguna manera, tambi√©n hay una sensaci√≥n de que nadie est√° escuchando. A veces, los ojos azules marinos de Sylvia tienen el mismo dolor gentil con el que los extraterrestres sabios y amables miran a los tontos terribles en las pel√≠culas. “Muchas personas que amo no tienen idea de los problemas en los que estamos metidos”, dice ella. Cuando comenz√≥ a hablar sobre la disminuci√≥n de las poblaciones de peces, hace 25 a√Īos, la cantidad de at√ļn rojo restante hab√≠a ca√≠do a aproximadamente el 10 por ciento del total cuando la especie estaba sana. Hoy solo queda alrededor del 3 por ciento del at√ļn rojo. Ella sigue dici√©ndonos; Seguimos sin escuchar. Es como un veh√≠culo rojo brillante que se detiene inmediatamente y que ha estado parpadeando en el tablero durante 25 a√Īos. Pero el auto parece continuar, as√≠ que seguimos conduciendo.


En abril pasado, vi a Sylvia dar una charla y una presentaci√≥n en video en Tampa. El evento tuvo lugar en un teatro hist√≥rico con una carpa anticuada que pone los nombres de los artistas en luces, y Sylvia’s estaba en la cima, por encima de la de su compa√Īera oradora, una bi√≥loga conocida por sus estudios sobre el dosel del bosque. La audiencia, aproximadamente tres cuartos de mujeres, aplaudi√≥ cuando Sylvia subi√≥ al escenario con los brazos levantados en un gesto de aterrizaje. Llevaba pantalones negros, anteojos oscuros (debido a un caso similar a la gripe de “aeropuerto-itis”, dijo), y una chaqueta de vestir de azul aguamarina, su color caracter√≠stico.

“¬°Usted puede hacerlo tambi√©n!” Fue el tema inspirador. Su autobiograf√≠a a menudo contaba: c√≥mo obtuvo t√≠tulos en bot√°nica marina de la Universidad Estatal de Florida y Duke a una edad temprana; c√≥mo fue en un crucero oceanogr√°fico alrededor del mundo en 1964 con otros 70 cient√≠ficos y miembros de la tripulaci√≥n, todos hombres; c√≥mo se convirti√≥ en una celebridad nacional en 1970 cuando dirigi√≥ a un grupo de cinco mujeres cient√≠ficas en un experimento que viv√≠a en una c√°psula bajo el agua durante dos semanas en un arrecife de coral; c√≥mo se desempe√Ī√≥ como la primera mujer cient√≠fica en jefe de la Administraci√≥n Nacional Oce√°nica y Atmosf√©rica durante 18 meses a principios de los noventa, pero renunci√≥ debido a su mayor simpat√≠a por los peces que por los pescadores ayudados por la NOAA; c√≥mo fund√≥ empresas para construir mini sumergibles, embarcaciones de una a cinco personas que pueden descender miles de pies; c√≥mo Hora La revista la nombr√≥ H√©roe del Planeta en 1998.

Sobre el tema de salvar a los peces de la sobrepesca, mostr√≥ un clip aterrador de s√≠ misma en 2012 nadando junto a una escuela de menhaden, ya que estaba siendo enredada y succionada en un barco de f√°brica para su procesamiento en aceite de pescado omega-3. El video rebota con el movimiento de las olas mientras los hombres de la tripulaci√≥n con mangas amarillas gritan y saludan fren√©ticamente a esta mujer peque√Īa, √°gil, decidida y con traje de neopreno para salir del camino. No est√° claro c√≥mo ella evita ser atrapada e inhalada en las fauces. “Cuando esa escuela fue capturada, sent√≠ como si una parte de m√≠ fuera arrancada del oc√©ano”, dijo a la audiencia de Tampa. La vitorearon todo el tiempo y al final de la tarde se levantaron como una ovaci√≥n de pie.

Luego se sent√≥ y firm√≥ copias de su √ļltimo libro, Blue Hope: Explorando y cuidando el magn√≠fico oc√©ano de la Tierra, por m√°s de dos horas. Tal devoci√≥n de los fan√°ticos por su estrella, o viceversa, nunca hab√≠a visto. Para algunos, Sylvia dio cinco o diez minutos, escuchando sus historias personales y posando con ellos para tomar fotograf√≠as. La gente dec√≠a: “¬°Has sido mi h√©roe desde que era una ni√Īa!” y “Conoc√≠ al Dr. Harold Humm en Duke, ¬°y √©l te adoraba!” El personal del teatro apag√≥ algunas de las luces y la se√Īalizaci√≥n avanz√≥ en la oscuridad hasta que alguien encontr√≥ una l√°mpara. Cada inscripci√≥n recibi√≥ su cuidadosa atenci√≥n. Al final de la fila, una mujer joven de cabello casta√Īo esper√≥ pacientemente mientras pasaban los minutos y luego las horas. Cuando finalmente lleg√≥ su turno, se agach√≥ junto a la mesa de firmas. Acerc√≥ su rostro al de Sylvia y dijo: “Quiero ser t√ļ”.

Sylvia sonri√≥ y dijo: “Solo s√© t√ļ mismo”.

Earle durante el proyecto Tektite II de 1970, en el que ella y otras cuatro mujeres científicas vivieron en una cápsula submarina en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos durante dos semanas.


El empeoramiento de la emergencia mantiene a Sylvia en el camino durante m√°s de 300 d√≠as en un a√Īo. Me sent√≠ afortunada cada vez que me daba un momento extra. Durante las vacaciones, cuando tomaba un breve descanso en su residencia principal en Oakland, California, vol√© all√≠. Esta vez nos reunimos frente al Acuario de la Bah√≠a de San Francisco, donde ten√≠a una cita para hablar con el director sobre sus planes de agregar mini excursiones submarinas para los visitantes. Sylvia trajo un s√©quito: su hija Liz Taylor, quien ahora posee y dirige Deep Ocean Exploration and Research (DOER), una empresa de consultor√≠a e ingenier√≠a marina que fund√≥ Sylvia; Laura Cassiani, directora de operaciones de la fundaci√≥n de Sylvia, Mission Blue; Jane Kachmer, entonces consultora que trabaja con Sylvia (y ahora directora ejecutiva de la fundaci√≥n); Colette Cutrone Bennett, entonces directora de patrocinio de Rolex, que ha respaldado algunas de las empresas de Sylvia y para la que ha hecho anuncios; y Heather, cuyo apellido no entend√≠, tambi√©n con Rolex. Heather y Colette, ambas rubias noqueadas, hab√≠an volado desde Nueva York la noche anterior y estaban volando esa tarde. Colette se hab√≠a sentado junto a Donald Trump en un evento ecuestre reciente en Palm Beach y hab√≠a hablado de negocios, y √©l le dio su n√ļmero de tel√©fono. Sin embargo, descubri√≥ que lo hab√≠a perdido.

Cuando entramos al edificio, Sylvia vio, en primer lugar, una exhibici√≥n de un gran tanque cil√≠ndrico lleno de anchoas nadando alrededor y alrededor. La detuvo. Lo mir√≥ un momento y luego sacudi√≥ la cabeza. “No”, dijo ella. ‚ÄúEsta no es la forma de ver a estos animales. Esto los hace parecer una masa. No son solo eso, no solo una escuela infinitamente abundante. Cada uno de estos peces es tambi√©n su propio ser individual “.

En una exhibici√≥n sobre ataques de tiburones, ella frunci√≥ el ce√Īo nuevamente. “Los tiburones no atacan a las personas”, corrigi√≥, par√°ndose debajo de una tabla de surf con una gran mordida. ‚ÄúA veces, extremadamente raramente, confunden a un humano con comida. No son estas criaturas malvadas y mal√©volas, aunque nos gusta pensar que s√≠, para emocionarnos. Si esa descripci√≥n se ajusta a alguien, somos nosotros, cuando cortamos las aletas de los animales vivos para la sopa de aleta de tibur√≥n y luego arrojamos los tiburones mutilados al agua “.

A veces, los ojos azules marinos de Sylvia tienen la misma tristeza con la que los extraterrestres sabios y amables miran a los tontos terrícolas en las películas.

Ella realmente no se anim√≥ cuando el director del museo nos condujo a trav√©s de los t√ļneles de vidrio transparente que hacen que los visitantes se sientan como si estuvieran caminando bajo el mar. Pero cuando nos condujo entre bastidores y escaleras arriba, hacia las pasarelas sobre los tanques por los que pasan los t√ļneles, ella se sinti√≥ absorta al mirar a los peces, y ya no estaba con el grupo cuando salimos a los pasillos interiores del acuario. “Tal vez ella salt√≥”, sugiri√≥ alguien, y cuando la alcanz√≥ dijo que hab√≠a querido. Durante la reuni√≥n que sigui√≥, ella volvi√≥ a su estado de √°nimo b√°sico de entusiasmo y optimismo, volviendo a levantarse como un corcho con su gesto de aterrizaje y diciendo “¬°S√≠!” Esa fue su reacci√≥n cuando el director anunci√≥ su plan para hacer que el acuario fuera un “submarino”. hub “para mini submarinos que transportan” cient√≠ficos ciudadanos “y donantes ricos en viajes de investigaci√≥n a la Bah√≠a de San Francisco.

De repente, agradeció a todos, y ella y su séquito se despidieron y se apresuraron a ir a los taxis. Esperaba otra reunión, algo en las instalaciones de Autodesk Pier 9 con Rolex. Regresé a la exhibición de anchoas y la miré por un momento. Aunque traté de elegir anchoas individuales e identificarlas la próxima vez que aparecieron, no podría decir que lo logré. Para ser justos, una anchoa realmente se parece mucho a otra. Pero cuando noté que esta destellaba o que se levantaba para sacar algo de la superficie, tal vez entendí su punto.

Sylvia se ha casado tres veces: con John Taylor, un zo√≥logo; a Giles Mead, un icti√≥logo; y a Graham Hawkes, ingeniero. Los periodistas siempre le han preguntado m√°s sobre su vida personal de lo que le hubieran preguntado a un hombre en su posici√≥n. Durante los primeros d√≠as de su fama, las historias sobre ella jugaban desde este √°ngulo y mostraban fotos de su aspecto de ni√Īa estadounidense y su amplia y brillante sonrisa.

Ella ten√≠a un hijo y una hija con su primer esposo, y una hija con el segundo. Con Hawkes, su tercer esposo, ella no tuvo hijos, pero juntos fundaron dos compa√Ī√≠as dedicadas al dise√Īo y construcci√≥n de mini submarinos. En Cambio de mar, un libro autobiogr√°fico publicado en 1996, incluy√≥ una fotograf√≠a de Hawkes usando un esmoquin y pilotando un mini submarino. Esta fue quiz√°s una referencia al papel de Hawkes como villano en la pel√≠cula de James Bond Confidencial, en el que luch√≥ y perdi√≥ una batalla submarina con Bond de Roger Moore. Hawkes y Sylvia se divorciaron aproximadamente en 1990; ella ha dicho que estaba m√°s interesado en la b√ļsqueda del tesoro que en la ciencia. (Por su cuenta, ella comenz√≥ DOER en 1992, y √©l no est√° involucrado con la compa√Ī√≠a).

En verdad, la vida de Sylvia es tan amplia y complicada, tan oceánica, que puede ser un desafío describirla. El viraje que hizo en el mini negocio secundario desconcertó a muchos de sus colegas científicos. Liz Taylor, directora de DOER, no se parece a la difunta estrella de cine del mismo nombre. Esta Liz tiene el cabello rubio ondulado y ondulado, y la calma analítica de un ingeniero. Dos días después de la visita al acuario, se suponía que debía reunirme con Sylvia en la sede de DOER en Alameda para hacer un recorrido. Cuando llegué, ella no estaba allí, así que Liz me mostró los alrededores.

La f√°brica de DOER, en un hangar junto al muelle al lado del puerto de Alameda, es lo suficientemente grande como para contener un peque√Īo trasatl√°ntico. A lo largo de los a√Īos, DOER ha vendido veh√≠culos submarinos no tripulados operados de forma remota (ROV) a muchos clientes en el gobierno, los negocios y la ciencia, y a varias armadas extranjeras. La f√°brica se asemeja a una caja profunda de Legos gigantes. Liz se√Īal√≥ las burbujas de acr√≠lico transparente de seis pies de ancho en las que se sientan los submarinistas, y los brazos mec√°nicos con muchas bisagras de los submarinos (en los anuncios, estos brazos tienen relojes Rolex atados a ellos) y los m√≥dulos de soporte del tama√Īo de un contenedor y los robots sumergibles m√°s peque√Īos que pueden trabajar en plataformas petrol√≠feras en alta mar y desatascar los t√ļneles de agua municipales. Los equipos suspendidos aqu√≠ y all√° en el crep√ļsculo del hangar le dieron al espacio de paredes altas una calidad submarina.

Pilotando un sumergible desde una inmersión de 1,200 pies frente a la costa de Lanai en 2000.

El objetivo m√°s ambicioso de DOER es construir sumergibles de tres personas que puedan viajar a cualquier profundidad: submarinos de acceso completo. Un dise√Īo podr√≠a descender r√°pidamente, el otro m√°s lentamente. La investigaci√≥n se ha completado y el proyecto est√° listo para comenzar, pero todav√≠a no hay fondos para un modelo de prueba. El elemento clave del dise√Īo, una burbuja de paredes gruesas, fabricada con precisi√≥n hecha de vidrio en lugar de acr√≠lico, le cuesta demasiado a DOER financiar sin ayuda. (Un precio estimado para los dos subs de acceso total es de $ 40 millones). En cambio, la compa√Ī√≠a est√° construyendo un par de subs por $ 5 millones que pueden bajar a 3,300 pies y podr√°n aceptar esferas de vidrio y profundizar cuando el llega el momento. Cuando finalmente se construye un submarino de acceso completo y los cient√≠ficos pueden usarlo para viajar por el oc√©ano de arriba a abajo, los descubrimientos pueden ser exponencialmente mayores que los que se hicieron posibles hace 70 a√Īos por la invenci√≥n del buceo.

Sylvia dice algunas cosas una y otra vez. Cuando se present√≥ en DOER y fuimos a almorzar, repiti√≥ algunos de ellos, como c√≥mo convenci√≥ a un superior en Google para que incluyera los oc√©anos en la imagen del globo de Google Earth dici√©ndole que, sin los oc√©anos, Google Earth era solo “Google Dirt”. Otro est√°ndar: “Los peces, las langostas, los cangrejos y los calamares no son” mariscos “, son una preciosa vida marina. Un pez es mucho m√°s valioso cuando nada en el oc√©ano que cuando nada en mantequilla y rodajas de lim√≥n en su plato “. En estribillos as√≠, mi mente divag√≥. Mission Blue, la pel√≠cula sobre ella es sobre todo atractiva, pero no tanto durante las partes donde uno de los codirectores se inyecta en la historia. Ahora descubr√≠ que sent√≠a cierta simpat√≠a por este codirector. ¬ŅC√≥mo responde uno a declaraciones como “el oc√©ano est√° muriendo”? El concepto es imponderable y perturbador, por lo que, por supuesto, nuestros pensamientos vuelven a ese tema familiar y fascinante, a nosotros mismos.

Record√© c√≥mo era la ciudad de Nueva York sin electricidad ni servicios despu√©s del hurac√°n Sandy. Camin√© por las playas de Brooklyn y Staten Island y vi que el oc√©ano se hab√≠a vuelto loco. Las casas cerca de la costa fueron expulsadas de atr√°s hacia adelante, montones de escombros montados en tres pisos de altura, gotas de espuma de poliestireno se extend√≠an por todas partes a lo largo de millas de costa como una infinidad de nieve sucia. Las pajitas de pl√°stico, los palitos de swizzle rojos y blancos y los agitadores de caf√© caf√© Starbucks se hab√≠an tejido en las cercas de los campos de softball en una mega profusi√≥n que no podr√≠a haber concebido si no lo hubiera visto. Sin embargo, el aspecto m√°s inquietante del hurac√°n fue que no ten√≠a inter√©s en los hilos delgados de tela de ara√Īa de mi propia vida y preocupaciones, ni de las de nadie. Nada en nuestros preciados planes le pertenec√≠a. Extendi√≥ su destrucci√≥n, mat√≥ o no mat√≥, y nunca se molest√≥ por nosotros.

Se supon√≠a que Sylvia y yo deb√≠amos hablar m√°s al d√≠a siguiente, pero en el √ļltimo momento se le ocurri√≥ la oportunidad de volar a Chile, donde discuti√≥ con el presidente de Chile la posibilidad de crear un Punto de Esperanza en el Oc√©ano Pac√≠fico alrededor de la Isla de Pascua.


Hace casi medio siglo, antes de estar en el escenario mundial se le hab√≠a pasado por la cabeza, Sylvia se hizo una reputaci√≥n como cient√≠fica con un Ph.D. disertaci√≥n sobre algas marinas (algas), titulada “Phaeophyta del este del Golfo de M√©xico”. Phaeophyta son las algas marrones. Tambi√©n hay algas verdes y algas rojas. Para cuando ten√≠a 30 a√Īos, Sylvia hab√≠a aprendido m√°s sobre las algas marrones del Golfo que nadie hab√≠a conocido. Recolectando ella misma, sin ninguna subvenci√≥n o subsidio, y utilizando equipo de buceo, y a√ļn en sus primeras etapas como herramienta de investigaci√≥n, acumul√≥ miles de espec√≠menes. El este del Golfo era su regi√≥n de estudio, porque viv√≠a en la ciudad costera de Dunedin, cerca de Tampa, cuando era ni√Īa y mujer joven. De las decenas de miles de espec√≠menes de algas marinas que ha recolectado en su vida, alrededor de 20,000 est√°n ahora en el departamento bot√°nico del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian.

Las algas no suenan emocionantes y recuerdan los estanques o las piscinas mal cuidadas. De hecho, las algas son la flora principal de los oc√©anos, los fotosint√©ticos del planeta y los productores de ox√≠geno. En condiciones saludables, las especies de algas existen en abundancia similar a la selva tropical. Pueden ser peque√Īos organismos unicelulares o algas de 150 pies de largo; en su mayor√≠a son del tama√Īo de una mano o m√°s peque√Īos. Proclorococo, una alga azul-verde de una sola c√©lula, o cianobacterias, que es quiz√°s el organismo fotosint√©tico m√°s abundante en la tierra, produce aproximadamente el 20 por ciento del suministro de ox√≠geno del planeta. El completo cat√°logo de phaeophyta de Sylvia mostr√≥ c√≥mo se ve√≠a un pr√≥spero Golfo. La contaminaci√≥n, los derrames de petr√≥leo y el dragado destruyen las algas, los huracanes las arrancan de sus entornos y las matan, y la contaminaci√≥n por nitratos por la escorrent√≠a de fertilizantes mejora el crecimiento de ciertas algas a expensas dr√°sticas de otras. Como todo lo dem√°s en el oc√©ano, las algas est√°n bajo asalto. En retrospectiva, el estudio de Sylvia sirve como un punto de referencia esencial de c√≥mo era el Golfo antes de que apareciera el desarrollo de finales del siglo XX.

Earle ensaya la misión Tektite.

Su tesis tambi√©n es una obra de arte, como descubr√≠ cuando la le√≠; La emoci√≥n y el romance infunden su lenguaje cient√≠fico de una manera dif√≠cil de explicar. Ella hizo todos los dibujos ella misma. Le pregunt√© si alguna vez me mostrar√≠a algunos de sus espec√≠menes en el Smithsonian, y una tarde, cuando estaba en D.C., me encontr√≥ all√≠. Si la has visto antes, como yo lo hice, puede ser una sorpresa recordar que mide cinco pies, tres pulgadas de alto y 80 a√Īos; ella parece ser simplemente ella misma, y ‚Äč‚Äčno de ning√ļn tama√Īo o edad en particular. Su caminata es f√°cil e informal, como si casi desde√Īara hacerlo. La √ļnica vez que se mueve como ella es cuando est√° nadando. Con ella ese d√≠a estaba Robert Nixon, productor y codirector de Mission Blue. (√Čl no es el codirector que se entromet√≠a en √©l). Mientras sub√≠an los escalones, hablaban del tama√Īo de malla de las redes de calamar. Le estaba diciendo a Nixon que el mejor tama√Īo de malla en las redes de calamar es que no hay redes.

Tres cient√≠ficos del Smithsonian nos saludaron por dentro: James Norris, David Ballantine y Barrett Brooks, todos expertos en bot√°nica marina e iguales en su asombrosa deferencia hacia Sylvia. Hab√≠a organizado la sesi√≥n de visualizaci√≥n de la tarde con una llamada telef√≥nica a Norris, un hombre alegre con gafas y una barba blanca bien recortada. Dijo que ten√≠a una exposici√≥n que quer√≠a que ella viera, y nos llev√≥ a una vitrina. Se√Īalando un trozo de coral cubierto con un crecimiento rojizo como el del liquen, dijo triunfante: “¬°Esta es la alga m√°s profunda que jam√°s se haya encontrado, 278 metros!”

Sylvia la mir√≥ y asinti√≥ con aprobaci√≥n. “Estos fotos√≠ntesis de aguas profundas se est√°n reduciendo en nuestra evaluaci√≥n de la productividad de O2 de los oc√©anos”, dijo. “A esta profundidad, es fotos√≠ntesis con una d√©cima parte del uno por ciento de la luz solar disponible en la superficie. ¬ŅC√≥mo puede vivir? No sabemos casi nada, realmente, sobre la vida oce√°nica que habita m√°s profundamente ‚ÄĚ.

Comet√≠ el error de decirle a Sylvia que me gustaba pescar. “¬ŅPor qu√© te gusta torturar la vida silvestre?” ella me pregunt√≥.

A trav√©s de pasillos traseros, nos dirigimos a una habitaci√≥n interior cavernosa donde las cajas de cajones planos hasta la altura del codo se extend√≠an en la distancia. En un lugar donde las luces fluorescentes eran m√°s brillantes, se hab√≠an colocado folios de papel tostado en las tapas de las cajas. Sylvia abri√≥ los folios con cuidado, uno por uno. Aqu√≠ hab√≠a una alga llamada Avrainvillea sylvearleae, desconocido para la bot√°nica hasta que lo descubri√≥ en algunas rocas a dos metros de profundidad cerca del muelle de Wilson, en la ciudad de Alligator Harbour, Florida. Aqu√≠ estuvo Padina profunda Earle, que se encuentra adherido a la piedra caliza y conchas finas en 60 metros de profundidad a 19 millas de Loggerhead Key en Dry Tortugas. “En el agua, es una alga transl√ļcida, como el vidrio”, coment√≥ Sylvia. Aqu√≠ estuvo Hummbrella Hydra Earle, que se encuentra a 30 metros de profundidad en Chile, que ella nombr√≥ en homenaje a su querido mentor, el bot√°nico marino Harold Humm. “En su h√°bitat, estas ramas parecen sombrillas rosadas al rev√©s”, dijo. “Muy Dr. Seussian”.

“Todos son espec√≠menes tan hermosos”, dijo Barrett Brooks. “Usted los sec√≥ y presion√≥ todos, y generalmente no us√≥ formalina”.

‚ÄúNunca me gust√≥ la formalina. Quiero decir, ¬°es l√≠quido para embalsamar! Piensa en la cantidad de esas cosas que tendr√≠a en mi sistema ahora “.

“Es genial que no lo hicieras, porque la formalina revuelve el ADN”, dijo. “Si lo hubiera hecho, no podr√≠amos hacer una secuencia de ADN en sus muestras”.

Cuando se abrieron las carpetas, cada esp√©cimen revel√≥ una estructura diferente: algunas de hoja ancha y en forma de abanico, algunas parecidas a insectos de palo o cosidos con costura microsc√≥picamente fina. Ella explic√≥ c√≥mo llamaba un alga Feostroma pusillium, que encontr√≥ en el Golfo, constituye una evidencia probable de la inexistencia de Florida durante la era del Pleistoceno de aguas altas, porque la alga tambi√©n se encuentra en el Atl√°ntico, desde Georgia hasta Rhode Island. “Para la mayor√≠a de las personas, todas estas hermosas plantas probablemente ser√≠an la mugre que sacas de la h√©lice de tu bote”, dijo.

Con tacto, Nixon interrumpió para decir que ahora tenían que apresurarse a la próxima cita de Sylvia. Su horario había sido respaldado porque su reunión anterior había durado demasiado, dijo Nixon. Había sido con el vicepresidente de tierras y recursos naturales de Tanzania, quien había hablado extensamente con Sylvia sobre el problema de los pescadores de su país que pescan con dinamita.

“¬°Eso me paso a mi!” Norris dijo mientras nos sacaba. Hab√≠a estado buceando a unos 30 pies, recolectando algas en la costa suroeste de China, cuando un pescador arroj√≥ tres cartuchos de dinamita en el agua cercana. La explosi√≥n le arranc√≥ todo su equipo de buceo, le aplast√≥ el pecho, reorganiz√≥ sus √≥rganos internos y le sopl√≥ los dos t√≠mpanos. Habr√≠a muerto de no ser por los esfuerzos extraordinarios de la Embajada de los EE. UU., Un helic√≥ptero de British Petroleum y un m√©dico de buceo franc√©s que estaba en la zona. Despu√©s de unos d√≠as en un hospital en Hong Kong, vol√≥ a Washington, donde pas√≥ m√°s de un a√Īo en rehabilitaci√≥n. Dieciocho meses despu√©s de haber sido dinamitado, Norris estaba buceando nuevamente.

Sylvia sacudi√≥ la cabeza con simpat√≠a. “La pesca con dinamita es un problema real hoy en d√≠a”, agreg√≥. “Cuando todos los peces capturables se han ido, la gente usa dinamita para criar a los peque√Īos que puedan quedar”. Ella y Nixon se despidieron de los cient√≠ficos y de m√≠, salieron a toda prisa por la entrada principal y tomaron un taxi. Los cuatro, como en su estela, nos paramos en el vest√≠bulo y hablamos de ella. “Lo que impresion√≥ a la gente acerca de Sylvia desde el principio fue que ella era cient√≠fica, no t√©cnica, haciendo estas inmersiones”, dijo Norris. ‚ÄúEn el pasado, gran parte de nuestra ciencia oce√°nica hab√≠a sido como volar sobre el Amazonas en un avi√≥n mirando por la ventana y sin caer al suelo. Pero Sylvia siempre presion√≥ para bajar y ver qu√© diablos estaba pasando por s√≠ misma.

“Y est√° segura de que no est√° exagerando los problemas del oc√©ano, puedo decirle eso”.


Sylvia es de Nueva Jersey originalmente. Sus padres ten√≠an una peque√Īa granja cerca del r√≠o Delaware en la parte sur del estado. Su padre, Lewis Earle, un electricista que trabajaba para DuPont, pod√≠a construir o reparar cualquier cosa. Sylvia obtiene sus habilidades de ingenier√≠a de √©l. Su madre, Alice Richie Earle, amaba el mundo natural y mostr√≥ inter√©s en lugar de alarmarse cuando Sylvia regres√≥ de un arroyo cercano con animales que hab√≠a encontrado. Sylvia era la sexta de sus siete hijos y la √ļnica ni√Īa. La pareja perdi√≥ a sus primeros cuatro, todos ellos ni√Īos: dos en la infancia, otro por una infecci√≥n en el o√≠do a la edad de nueve a√Īos, y el mayor en un accidente automovil√≠stico. Tales tragedias podr√≠an haber destruido un matrimonio, pero los Earles continuaron.

La familia se mud√≥ a Dunedin en 1948, cuando Sylvia ten√≠a 12 a√Īos. En ese momento, la ciudad era un lugar subdesarrollado, casi fronterizo. Su casa ten√≠a el Golfo de M√©xico en su patio delantero. Sylvia utiliz√≥ por primera vez el equipo de buceo a la edad de 17 a√Īos: Jacques Cousteau y Emile Gagnan hab√≠an inventado el equipo solo diez a√Īos antes. Ella recorri√≥ todo el Golfo, usando el fueraborda de 18 pies de su familia o montando paseos con barcos camaroneros o buzos de la Marina, siempre en busca de nuevas algas. Ella puede describir la Florida desaparecida de una manera que te hace llorar: los lagos de agua dulce de interior “tan azules como las glorias de la ma√Īana”, los arrecifes (ahora dragados a lo largo de las costas urbanizadas y desaparecidos), los meros que la vieron trabajar y se pusieron conocerla y la habr√≠a seguido hasta la orilla si hubieran podido. (“Casi todos los meros han desaparecido. Eran amigables y curiosos, como los Labrador retriever, y tambi√©n resultaron deliciosos”.) Ella pronuncia los complicados nombres de la Costa del Golfo sin pausa, desde Tortugas hasta Apalachee Bay, Pass-a -Grille Beach y Big Gasparilla Island, y los r√≠os Homosassa y Caloosahatchee y Apalachicola y Tombigbee y Pascagoula, y as√≠ sucesivamente hasta Grand Terre, Louisiana. El oc√©ano m√°s ancho que viaja tiene su centro en el Golfo y se irradia hacia afuera.

La vida bajo el agua durante Tektite II.

La √ļltima casa en la que vivieron los padres de Sylvia todav√≠a le pertenece. Est√° en una parte rural de Dunedin, en acres boscosos que incluyen un lago. Cuando la familia se mud√≥ all√≠, en 1959, el √°rea era principalmente de naranjos y tierra salvaje. Para entonces, Sylvia viv√≠a en otro lugar, pero a menudo regresaba mientras estudiaba algas, y cuando tuvo hijos los trajo de vacaciones. El lugar sigue siendo un refugio para ella. Ella me dijo que har√≠a otra pausa en sus viajes all√≠ a principios de mayo.

Desde el exterior, los robles vivos alrededor de la casa gris de un solo piso parecen estar reduciéndolo a aproximadamente medio piso, pero en el interior, la sala de estar es amplia y cómoda, con caimanes de peluche en el sofá y paisajes idílicos de Florida. en las paredes. Sylvia me condujo a través de una puerta a la parte de atrás y luego a lo largo de un estrecho paseo marítimo hacia un lago que era tan suave y verde con lenteja de agua, parecía la parte superior de una mesa de billar. Nos sentamos en un muelle. Sylvia llevaba almejas, aunque nunca cavaría una almeja, excepto para la investigación. Crují mientras estaba sentado, pero ella se movió sin problemas.

Su padre hab√≠a construido la casa; El muelle y el paseo mar√≠timo se agregaron m√°s tarde. Se√Īal√≥ los cipreses que hab√≠a plantado alrededor del lago, que ahora sosten√≠an con sus grandes rodillas. “Este lago no tiene nombre”, dijo. “Tal vez es solo el lago Earle. Sol√≠a ‚Äč‚Äčser de color tanino y bellamente claro. Hab√≠a lubina y gar, y sapos a lo largo de la orilla, y ardillas voladoras en los √°rboles. Realmente extra√Īo las ardillas voladoras. La escorrent√≠a del desarrollo circundante hizo el agua turbia y aliment√≥ a la lenteja de agua “.

Caminamos por el paseo mar√≠timo entre los √°rboles mientras ella se√Īalaba otras plantaciones y mejoras que su padre hab√≠a hecho. Sus padres aparecen a menudo en su conversaci√≥n. Ella los describe como sus “mejores amigos” en la dedicaci√≥n a Cambio de mar. They were devout Methodists and helped build a church in Dunedin, she told me. I asked her if she goes to church, and she said not really.

We got in her sea blue rented SUV and drove to the Gulf shore. A loud scraping kept coming from under the car. She said it must be a stick and it would fall off soon, but it didn‚Äôt. When we got to a downtown parking lot, she jumped out, lay on the piping-hot pavement, and pulled out a good-size tree limb with green leaves still on it. After several stops in town, including at a fish store, where she looked with displeasure at the iced casualties for sale, we headed north along the coast. I had made the mistake of telling her that I liked to fish, and she kept asking me why. I said I just loved it because it‚Äôs my bliss and I want to follow my bliss. That argument had no effect. ‚ÄúBut why do you enjoy torturing wildlife? It‚Äôs just a choice for you. It‚Äôs life or death for them. Why not just observe them without torturing them?‚ÄĚ I mumbled an answer about the thrill of the chase.

I asked Sylvia what the death of the ocean would look like. A remote look came over her. ‚ÄúNo ocean, no us,‚ÄĚ she said.

Her family‚Äôs first house in Dunedin had been on Wilson Street. She took us there and pulled over where the street now ends, at a gate you need a card with a magnetic stripe to open. As we peered beyond the gate, high-rise buildings dwindled to a perspective point where a small square of blue Gulf peeked through. A sign offered three-bedroom condos starting at $780,000. ‚ÄúYou know that the misconception that fish can‚Äôt feel pain has been completely disproven, don‚Äôt you?‚ÄĚ she asked. I said yes, I had seen studies in which fish jaws were injected with bee venom and the fish showed pain. I said I knew hooks hurt, having sometimes hooked myself.

Searching for a stretch of original shoreline, she continued out of town, across a causeway, and down a one-lane road to Honeymoon Island State Park. Here the shore was undisturbed and thick with mangroves. We got out and walked along a sandy trail through stands of palmettos, cabbage palms, slash pines, and live oaks. ‚ÄúThis is what the open country around Dunedin used to be,‚ÄĚ she said. An osprey hovered overhead, sunlight coming through the edges of its wings, and she took pictures of it with the camera she had brought.

At an opening in the mangroves, we came upon a small bite of sand beach‚ÄĒfinally, the actual Gulf. A widescreen vista opened out. Turquoise shallows marked by brown patches of turtle grass darkened to a deeper blue distance where stacks of white clouds piled up. In the light breeze, the waves did not break but slapped. Striped mullet jumped. We took off our shoes and waded in. Among the prop roots of the red mangroves, a large troupe of fiddler crabs were doing a back step that mimed getting away from us as fast as possible, each crab with one claw raised. At the tide line, Sylvia found tiny pointed periwinkle-like shells, and black snails, and an epiphytic alga that grows mostly on spartina grass, and a marine gnat smaller than this semicolon; we watched it navigate the varicolored grains of sand.

I asked her what the death of the ocean would look like. A remote look came over her. She described gray-green dead zones like the one that exists already in the Gulf off New Orleans, and the disappearance of certain organisms and the rise of others we may not even know of yet, and coastal sterility, and a lack of coral reefs. Some animals, like horseshoe crabs, have survived acidic oceans before, and might again, she said. About soft-bodied animals like jellyfish we don‚Äôt have enough fossil records to say for sure, but jellyfish are doing OK so far and might do even better in a mostly dead ocean. New Ebola-like microbes might emerge. The planet‚Äôs oxygen densities might go down and the air become too rarefied in higher places for them to be habitable. Her voice trailed off. She said, ‚ÄúAs a species we depend upon the ocean, so the eventual result would be the same. No ocean, no us.‚ÄĚ


People often ask Sylvia what they can do. Her focus is not on heading up popular movements‚ÄĒshe isn‚Äôt organizing beach cleanups or fish-market boycotts. She tries to reach the elites. At the end of her TED Talk in 2009, she told the technology, entertainment, and design invitees in attendance: ‚ÄúI wish you would use all means at your disposal‚ÄĒfilms! expeditions! the Web! new submarines!‚ÄĒand campaign to ignite public support for a global network of marine protected areas, Hope Spots large enough to save and restore the ocean, the blue heart of the planet.‚ÄĚ

Her foundation, Mission Blue, has identified 58 Hope Spots around the world, from the Outer Seychelles, off southeast Africa, to the East Antarctic Peninsula, to Micronesia, to the Bering Sea Deep Canyons, the Gulf of California, the Patagonian Shelf, the Sargasso Sea, the Grand Banks of Newfoundland, Ascension Island, and the Gulf of Guinea, off the west coast of Africa. Questions about what any particular Hope Spot’s protected status would consist of, or how it would be enforced, often remain unexplained. So far, some marine protected areas have had success. Cabo Pulmo Marine Park, a protected area in Mexico’s Baja peninsula, has seen an almost fivefold increase in its biomass since it was created in 1995, and a tenfold increase in big fish. (Sylvia loves Cabo Pulmo and says it’s one of her favorite places to dive.)

Any notion that a Hope Spot’s purpose is to grow fish for people to catch makes her mad. The sanctuaries are to be places set apart in perpetuity where the ocean can recover, not nurseries for Mrs. Paul’s. I once asked her what was the point of creating Hope Spots if the whole ocean will continue to acidify from excess CO2 anyway. She said that the more sanctuaries there are, and the larger amount of ocean they cover, the better the chances for the ocean’s resilience, when and if CO2 is under control.

To an extent, her strategy of persuading the elites has worked. People like Gordon Moore of Intel have given a lot of money to saving the ocean, and George W. Bush, when nudged by Sylvia, created the national monument around Hawaii. Bush’s executive act provided a precedent for Barack Obama, who last year expanded the protected area of the Pacific Remote Islands Marine National Monument to 490,000 square miles, establishing the largest protected marine network so far. Sylvia says we live in the perfect time to make changes that will benefit the planet for thousands of years. A recent idea, the creation of marine protected areas in the 200-mile Exclusive Economic Zone, which by international treaty extends from the shoreline of every maritime country, increases her optimism. Most fishing is done within three miles of land, so inshore protected areas (Cabo Pulmo is one example) could have a sizable effect on fish numbers.

But if you don‚Äôt expect to hang out with the president, make a film, or build a mini submarine, what can you do yourself? When I sent an e-mail to Sylvia asking her advice for ordinary people, she didn‚Äôt answer, but eventually Liz Taylor did. Her list of recommendations included avoiding plastic drinking straws‚ÄĒa good idea, given what I saw after Sandy‚ÄĒbringing your own plate, cup, and utensils to summer barbecues, volunteering at your local aquarium, keeping an eye on changes along the shoreline, helping your state fish and wildlife officers, getting your omega-3‚Äôs from algae-based products rather than from fish or krill oil, donating money to environmental groups that educate kids, and stopping the use of lawn chemicals like Roundup weed killer.

Sylvia is a one-in-seven-billion individual, and she encourages other individuals to do what they love and care about the oceans. Collectivity does not seem to be in her nature. But for the ocean to be saved, it seems to me that an enormous, widespread popular movement must rise up someday. In that sense, when Sylvia tells the TED folks to ‚Äúignite popular support,‚ÄĚ she is handing off the hardest part of the job. People can be induced to care about lovable, wide-eyed animals like seals, or to donate to dolphin rescue, or to visit and buy souvenirs at places that rehabilitate stranded sea otters and turtles. But getting across the real, immense, nonspecific, unsexy fact of the ocean‚Äôs impending death in such a way that billions of people will care and want to do something about it is a problem nobody yet has solved.

Sylvia has not persuaded me to stop fishing, but I have decided to use only fly-fishing equipment from now on. And since I met Sylvia, I have eaten almost no fish. The sight of sushi now embarrasses me. It is likely that big fish like swordfish, tuna, cod, and grouper will soon disappear from the sea, or from our diets, or both. We might as well completely stop eating those fish now.


Driving again in Sylvia‚Äôs sea blue SUV, we went up to Tarpon Springs to see the old sponge-boat docks. She said they looked picturesque, but in the old days, when there were actual sponges drying all over the place, the smell was unbearable. By now the afternoon had moved into rush hour. She was still thinking about my fishing and asked me how hooking an animal in the mouth and watching its desperate struggles could possibly be enjoyable. I explained about the relatively non-injurious aspects of fly-fishing, how it uses only a single hook, etc. She asked why I didn‚Äôt quit fishing entirely if I wanted to do less damage to the fish. Approaching Dunedin, we turned off the highway and onto a back road. She said, ‚ÄúNow I want to show you my parents‚Äô church.‚ÄĚ When I didn‚Äôt answer, because I was still thinking of an answer to her previous question, she said, ‚ÄúWell, I‚Äôm going to show you the church whether you‚Äôre interested or not.‚ÄĚ

She had told me that, in addition to the cypresses by their lake, her father had planted trees around their church. I had pictured a little border of trees around a church lawn. We turned from the back road onto a winding drive. This was no patch of lawn but a spacious green expanse, like an old-time camp meeting grounds. I am a lover of frontier American churches, and her parents’ Methodist church was one of them, in 1950s style. The modernist, almost cubist angles of the church’s walls and roof and entryway showed ingenious architecture combined with heartfelt pioneer-handyman carpentry. The trees she had known as saplings now stood in tall columns, with mote-filled shafts of late-afternoon sunlight slanting through the leaves.

We sat awhile with the engine off. ‚ÄúThis is actually the second time I‚Äôve been here today,‚ÄĚ she said. ‚ÄúI was here this morning. I come here every time I‚Äôm in Dunedin. This was where the branch got stuck under the car.‚ÄĚ

The church and grounds were like a place in a dream. The light through the leaves matched the sunlight that descends through coral reefs‚ÄĒthose celestial shafts that light up the bright reef fish swimming through. As Americans we have an attachment to the Good Place, the Peaceable Kingdom. Hope Spots might be the latest, trans-global, transoceanic expression of that vision. Once you‚Äôve glimpsed such a place for even an instant, you‚Äôll pursue it for the rest of your life.

Contributing editor Ian Frazier is the author of the forthcoming Hogs Wild: A Collection of Essays and Reporting.