Surfeando su camino hacia una mejor crianza de los hijos

Mi hijo y yo metimos nuestras tablas de surf debajo de nuestros brazos y saltamos de la √ļltima escalera de madera de la playa. Era la primera ma√Īana de nuestro viaje a un punto aislado en M√©xico, un pa√≠s en el que hab√≠a estado surfeando toda mi vida, comenzando con los viajes por carretera que mi padre me hizo en la d√©cada de 1970 cuando era un ni√Īo. Saldr√≠amos de nuestra casa en Malib√ļ y nos dirigir√≠amos al sur, conduciendo durante varios d√≠as, cruzando el Golfo de California en el ferry y navegando por todos los buenos lugares hasta Puerto Vallarta, donde viv√≠an mis abuelos. Seguir la tradici√≥n con mi hijo, Noah, era importante. Cuando ten√≠a 11 a√Īos, mi padre y yo tuvimos un accidente a√©reo y lo mataron. Estos viajes con Noah, ahora de 14 a√Īos, nos mantuvieron conectados con el esp√≠ritu aventurero de mi padre.

Mis lugares favoritos cuando era ni√Īo, Sayulita y Punta Mita, cerca de la casa de mis abuelos, ahora estaban superpoblados, pero hace un par de a√Īos tuve la suerte de un largo punto de quiebre en la boca del Golfo de California, a unas 300 millas. al norte de Sayulita. Despu√©s de dos veranos de surfear el punto durante una semana con Noah, qued√°ndonos en el peque√Īo hotel con solo unos pocos amigos y nadie m√°s, no pod√≠amos esperar para volver.

El sol de la ma√Īana se cern√≠a detr√°s de las monta√Īas de la jungla, y un solo rayo se astill√≥ a trav√©s de una muesca, dej√°ndonos en la sombra trotando a lo largo de la ensenada en forma de herradura hacia el punto. Noah comenz√≥ a silbar una canci√≥n que acababa de aprender en su ukelele, “Sunshine of Your Love”, tocando la barbilla con las notas duras, rodando los hombros y empujando la pelvis al ritmo. Su sentido del humor loco me record√≥ un momento que tuve con mi padre en las olas en alg√ļn lugar al sur de aqu√≠: hab√≠a conseguido mi primer viaje en tubo profundo, y al salir de la caverna borracho de adrenalina, perd√≠ el control de mi cuerpo. y se dej√≥ caer en el agua; cuando sal√≠ a la superficie, pap√° y yo comenzamos a re√≠r, y fue entonces cuando finalmente entend√≠ por qu√© ten√≠a los ojos tan desorbitados por el surf y me empuj√≥ tanto, algo que me molestaba de ni√Īo.

Noah y yo nos detuvimos y observamos las olas mientras se doblaban alrededor del punto rocoso. Como si fuera una se√Īal, cada ola se doblaba desde la parte superior del punto hacia el coraz√≥n de la ensenada, sin invadir nunca la cara abierta, el lienzo de un surfista. Quedaban muy pocos lugares en la tierra que ofrecieran olas bien formadas pero impune como estas sin treinta o cuarenta tipos compitiendo por ellos. Este era todo nuestro.

El d√≠a anterior, mientras empac√°bamos nuestras tablas, Noah declar√≥: “Este a√Īo quiero poner un candado a mis broches verticales”. Traducci√≥n: Quiero dominar ir directamente hacia la superficie de la ola en su punto m√°s vertical, golpear el borde de lanzamiento y romper el tablero en un arco apretado.

Noah Ollestad

Me sorprendi√≥ la mirada dura y dura de sus ojos. Nunca lo hab√≠a visto tan decidido; contradec√≠a al ni√Īo pasivo que renunciar√≠a a una gran ola viniendo hacia √©l si otro surfista lo quisiera, y luego se quejar√≠a, “Nunca consigo a los buenos”, y que quer√≠a demostrar a los matones que no era solo un “enano co√Īo”, pero todav√≠a gritaba en un tono alto cada vez que se acercaba una gran ola. La √ļltima vez que estaba tan emocionado fue cuando me dijo que le encantaba el skate y que le compr√© una tabla para su cumplea√Īos. Pero en su mayor√≠a solo se sent√≥ en la banca, observando a sus amigos practicar, y cuando avanzaron a montar en un halfpipe, Noah estaba demasiado asustado para caer y luego decidi√≥ dejarlo porque “ahora son mucho mejores que yo”. Lo que parec√≠a faltar m√°s era su pasi√≥n. Su personalidad tentativa lo convirti√≥ en un blanco f√°cil para las burlas, lo que significaba que necesitaba ese fuego evasivo un poco m√°s que la mayor√≠a de los ni√Īos.

Entonces, cuando puso su mano sobre mi hombro y dijo: “Quiero llevar mi surf a otro nivel en este viaje”, vi una oportunidad y ya estaba preparando un plan. Este era el a√Īo en que Noah florecer√≠a en el surf, y √©l comenzar√≠a su primer a√Īo de secundaria con un pozo de confianza reci√©n descubierta que impulsar√≠a su viaje a trav√©s de la adolescencia. Incluso la brisa marina, penetrante con √°rboles frutales, manglares y niebla de agua salada, parec√≠a predecir un dulce √©xito.

Lo tenía todo resuelto.


“Las olas se ven grandes”, dijo Noah, su cabello rubio ne√≥n brillando bajo el sol naciente.

Bajo una oleada de adrenalina provocada por las olas, me esforc√© por mantener la calma. “Se ve perfecto para ti”.

Dejó caer la cola de su tabla de surf de cuatro pies y diez pulgadas en la arena, la puso en posición vertical y envolvió un brazo alrededor de la nariz como si fuera su osito de peluche. Fue la primera lágrima en la imagen inmaculada de mi hijo recibiendo los paseos de su vida.

“Los mosquitos no son malos para julio”, le dije para enfatizar las olas.

Me ignor√≥ y frunci√≥ el ce√Īo al oc√©ano.

Otra gema azul pasó junto a nosotros. Era difícil de creer que el tesoro por el que estaba salivando pudiera parecer intimidante para Noah, y le recordé a mi padre parado en una playa en México, como lo estaba ahora, viendo a su hijo luchar con miedo.

“En los viejos tiempos”, le dije, estirando casualmente mi cuello, “cuando hab√≠a pasado por aqu√≠ con mi pap√° camino a Puerto Vallarta, no ten√≠amos …”

“No hay aire acondicionado”, interrumpi√≥ Noah, sus ojos nunca abandonaron las olas. Sus hombros bien formados, la √ļnica se√Īal f√≠sica de que acababa de cumplir 14 a√Īos y estaba entrando en la pubertad, se inclinaron hacia un lado, con la boca arrugada por algo agrio. “Estoy un poco asustado”, dijo.

Mis om√≥platos se apretaron. ¬ŅQu√© pas√≥ con el √≠mpetu detr√°s de “Quiero poner un candado en mis broches verticales”? Ahora tendr√≠a que persuadirlo para que saltara sobre alguna inquietud totalmente fabricada y convencerlo de que resultar√≠a divertido y gratificante. ¬ŅC√≥mo podr√≠amos seguir teniendo la misma batalla que tuvimos cuando ten√≠a cinco a√Īos y trat√© de hacer que montara la cal a unos metros de la orilla?

Otra gema azul pasó junto a nosotros. Era difícil de creer que el tesoro por el que estaba salivando pudiera parecer intimidante para Noah, y le recordé a mi padre parado en una playa en México, como lo estaba ahora, viendo a su hijo luchar con miedo.


Era el verano antes de mi tubo profundo. Ten√≠a nueve a√Īos, de pie alrededor de un peque√Īo fuego que hab√≠amos encendido una ma√Īana con el abuelo en la arena de Sayulita, recogiendo rocas del borde del r√≠o estacional que desembocaba en el oc√©ano, cocinando ma√≠z en la mazorca porque el √ļnico restaurante de la ciudad era cerrado.

“¬ŅTenemos que volver a Punta Mita?” Le pregunt√© a mi padre.

“Las olas son mejores all√≠”.

“¬ŅPor qu√© no podemos navegar aqu√≠?” Yo Argumente.

“Has surfeado Sayulita cientos de veces, Ollestad. Vamos a meterte en algo que tiene algo de velocidad y poder “.

“Pero me gustan estas olas”.

Mir√≥ el oc√©ano y sus om√≥platos se apretaron. “No quiero desperdiciar una oportunidad de oro”, dijo. “Vamanos. “

Com√≠ mi ma√≠z y espant√© a los mosquitos en el asiento trasero del jeep naranja VW del abuelo, llamado Thing, y cruzamos un arroyo y subimos una colina empinada, y las llantas escupieron tierra detr√°s de nosotros. Siempre odi√© tener que surfear o esquiar donde pap√° quer√≠a en lugar de donde yo quer√≠a. Siempre ten√≠amos que hacer las cosas a su manera, incluso si estaba asustada, y no me importaban los “momentos dorados” como √©l. Me hizo querer dejar de surfear por completo.

Punta Mita estaba llena de conchas blancas, y me aterrorizaba el arrecife irregular donde romp√≠an las olas. “No quiero surfear”, protest√©, pero mi padre me levant√≥ y me dej√≥ caer sobre mi tabla de surf, empuj√°ndome por delante de √©l a trav√©s de las aguas poco profundas.

‚ÄúEstas olas no son sudor, Ollestad. Simplemente dobla las rodillas en la ca√≠da ‚ÄĚ, dijo, como si fuera as√≠ de simple.

Me burlé con ira, lágrimas en los ojos, decidida a encontrar una salida a esto.

El oleaje tenía solo tres o cuatro pies, pero cuando caí en mi primera ola, el canal estaba chupando el arrecife con tanta fuerza que me arrojaron sobre mi pie trasero y mi tabla se levantó de la cara y sobre el labio, arrojándome contra El aire.

Si no hubiera aterrizado en la parte trasera de la ola, habría golpeado el coral, y ahora estaba realmente enojado con papá. Pero remaba para la próxima ola para que no me molestara por rendirme. Sin embargo, me lo perdí, y eso me dio una buena idea: parece que realmente lo quieres, pero nunca captas una. Eso lo mostrará.

A espaldas de pap√°, 1968.

Una ola más grande se levantó detrás de la mía, y mi padre se dejó caer. Se agachó y desapareció bajo el labio. En su camino de regreso, lucía una sonrisa delirante.

“Ve por este”, dijo, se√Īalando un pico entrante.

Lo intenté, doblando el codo para debilitar mi golpe, y cuando la ola comenzó a deslizarse debajo de mi tabla, algo golpeó la cola y luego mi padre me empujó hacia la ola. Tuve que ponerme de pie o lanzarme sobre las caídas al coral, y esta vez absorbí el poderoso comedero con las rodillas dobladas. Luego, el tablero estaba chupando la cara y, por instinto, giré los hombros hacia el otro lado, incliné el tablero hacia el riel inferior y extendí las piernas, formando un arco debajo del labio de cabeceo.

“Buen giro”, dijo mi padre cuando regres√©.

Estaba dividido entre la ira y la emoci√≥n, pero ten√≠a que saber: “¬ŅHab√≠a mucho spray?”

√Čl ri√≥. “¬ŅDeber√≠amos volver a Sayulita ahora?”

“No, estoy bien”, le dije con un poco de resentimiento, porque quer√≠a dar otro giro radical, y eso significaba que hab√≠a vuelto a su camino.


Escuch√© a Noah. “¬ŅQu√© est√°s haciendo?”

Me estaba observando de pie en una angustiada contemplaci√≥n, tal como hab√≠a visto a mi padre, y ahora, cuando mir√© a Noah, supe lo que estaba sintiendo: dese√≥ no tener miedo, que estaba tan entusiasmado como √©l. su padre, y la desconexi√≥n hizo que el miedo fuera a√ļn m√°s agravante, torci√©ndolo en picada.

Al mismo tiempo, estaba viendo a Noah desde el punto de vista de mi padre: es un momento dorado para mi hijo, así que lo tomaremos; El miedo es un detalle menor.

“Solo pensando”, respond√≠.

Aunque aprecié que se sintiera lo suficientemente cómodo como para expresarme su miedo, en oposición a mi aprensión con mi padre, en ese momento no provocó ninguna nueva idea sobre qué curso de acción debería tomar.

Entonces oí la voz segura de mi padre en mi cabeza: llevarlo a la playa hasta el lugar fácil para remar. No dejes que se preocupe. Después de su primer buen viaje, su miedo será un recuerdo lejano.

Pero fue contrarrestado por: O patear√° y gritar√° como lo hizo el a√Īo pasado, y comenzaremos el viaje con √©l llorando, prometiendo nunca volver a surfear conmigo.

El enfoque terco de papá no volaría hoy, pero el hecho es que me mostró cómo soportar la adversidad. Después de que nuestro avión se estrelló y lo mataron, fue el acto de surfear lo que me impidió caer demasiado en el dolor y la confusión.

Tener dos o m√°s ideas opuestas en su mente al mismo tiempo y a√ļn retener la capacidad de funcionar, esa es la paternidad, pens√©, parafraseando a F. Scott Fitzgerald, y luego avanc√© hacia el punto.

“¬ŅA d√≥nde vas?” llamado Noah

“Al punto f√°cil de remar donde no hay corriente”.

“Voy a remar desde aqu√≠ …”

Cuando mont√© mi primera ola, mi cabello a√ļn estaba seco. Era una cremallera de cien yardas que ofrec√≠a tres secciones jugosas para golpear los labios. Veinte minutos m√°s tarde, Noah finalmente logr√≥ salir m√°s all√° de las hileras de cal, pero la corriente lo hab√≠a arrastrado demasiado lejos por la playa, hacia donde las olas estaban desmoronadas y mal formadas, no para lo que hab√≠amos llegado hasta aqu√≠. Desarmado, con los brazos colgando en el agua, un lado de su cara desplomado contra su tabla, se agot√≥ antes de montar su primera ola.

¬ŅTal vez deber√≠a haber arrastrado su trasero conmigo? Escuch√© una voz decir.


Despu√©s de nuestro d√≠a en Punta Mita, mi padre se hab√≠a ido a casa, dej√°ndome con la abuela y el abuelo Ollestad. Vagaba libremente a la playa, a la ciudad, donde quisiera, y extra√Īaba a mi padre, pero no era tan malo, porque no ten√≠a que surfear a menos que quisiera.

Mi local favorito playa era lo que el abuelo llamaba Rock Beach, tal vez una caminata de dos o tres millas bajo el sol tropical, y un día en mi camino encontré un burro. Una soga fue atada astutamente alrededor de su cuello, cabeza y mandíbula, y la conduje por el camino empedrado que conectaba la playa con la carretera. Até el burro a un árbol y nadé alrededor de un grupo de losas de roca que se extendía hasta el mar; una abertura estrecha corría por el centro de las losas, y cuando entró una ola, te arrastró por el pasillo entre las rocas y te arrojó al otro lado de la playa. Me encantaba correr olas por el corredor, y solo podía traer mi tabla cuando el abuelo me llevaba. Pero ahora que tenía un burro, podía traer mi tabla por mi cuenta. Después de un par de horas nadando, desaté el burro y caminé hacia el terraplén hecho por el camino de adoquines que subía la colina. Desde el terraplén, salté sobre la espalda del burro, algo que aprendí a hacer en casa en California, montando el caballo de mi amigo en Rodeo Grounds, al lado de donde vivía en Topanga Beach.

El burro se convirti√≥ en mi transporte, y el abuelo me dej√≥ mantenerlo en un cobertizo vac√≠o cerca de la casa. Lo hice durante tres d√≠as, cabalgando cada ma√Īana a Rock Beach, luego yendo a la ciudad por un helado y asustando un juego de etiqueta con los ni√Īos locales en la plaza del pueblo. Entonces, una tarde, cuando regresaba de Rock Beach, un tipo corpulento en un cami√≥n se detuvo en el arc√©n de la carretera donde viajaba en el burro. Me grit√≥ y se√Īal√≥ a los burros que estaban en la parte trasera de su camioneta, y vi la marca, dos letras una encima de la otra, quemada en las ancas de los animales. Era la misma marca que la m√≠a. Pate√© una pierna y me deslic√©, agarrando mi tabla de surf, aterrizando descalzo en la tierra. Me grit√≥ un poco m√°s y llev√≥ el burro a la parte trasera de su camioneta, donde sac√≥ un poco de madera y el burro resbal√≥ y se abri√≥ paso hacia atr√°s con los dem√°s. Vi alejarse al burro y llor√© durante todo el paseo por el arc√©n de la carretera hasta la casa de mis abuelos.


Deberías haberle sacado el culo hace dos días. Lo arruinaste.

Por segundo d√≠a consecutivo, una tormenta tropical en el sur hab√≠a cambiado las condiciones. ‚Äú¬ŅViste esa talla, pap√°? … ¬ŅC√≥mo estuvo ese flotador? … ¬ŅMe puse vertical en eso? Noah hab√≠a preguntado despu√©s de cada viaje y luego me volvi√≥ a preguntar en nuestra habitaci√≥n. Las olas eran demasiado d√©biles para sacarles mucho provecho, pero su necesidad de validaci√≥n me oblig√≥ a fingir respuestas entusiastas, para que no se desanimara.

Esquiar en Austria.

Con cada ola sin tripa que cabalgaba Noah, cada partido de ping-pong y una ronda de voleibol acu√°tico y helado de chocolate devorado mientras descansaba en la sala com√ļn, mi paciencia se apretaba cada vez m√°s. Est√°bamos con otras dos familias y algunas parejas en el hotel, y Noah parec√≠a pasar m√°s tiempo saliendo con las chicas en el viaje que surfeando. Al verlo disparar a la mierda en el jacuzzi mientras se pon√≠a el sol en el Golfo de California, trat√© de poner mi frustraci√≥n en perspectiva. Era tan simple para mi viejo que me lament√©. En su √©poca, no hab√≠a presi√≥n sobre √©l para reflexionar sobre lo que hizo: sab√≠a que era bueno para m√≠, y eso era suficiente. Es un mundo diferente hoy en d√≠a, por supuesto, y su enfoque terco no volar√≠a, pero el hecho es que me mostr√≥ c√≥mo soportar la adversidad y prosperar en este mundo, y termin√≥ salvando mi vida. Despu√©s de que nuestro avi√≥n se estrellara y mataran a mi padre, me dejaron defender por m√≠ mismo al lado de un pico escarpado en las monta√Īas de San Gabriel, envuelto en una tormenta de nieve a 8,200 pies. Al utilizar las habilidades y el coraje que hab√≠a cultivado en m√≠ a trav√©s del surf y el esqu√≠, pude navegar por las laderas heladas, las rocas empinadas y los ventisqueros, y avanzar hasta una casa de campo en la base de la monta√Īa. En los d√≠as y a√Īos que siguieron, fue el acto de surfear lo que me impidi√≥ caer demasiado en el dolor y la confusi√≥n infligidos por lo que hab√≠a pasado y lo que hab√≠a perdido. Y, en el futuro, fue esa fuente de pasi√≥n que mi padre hab√≠a alimentado en m√≠ lo que me ayud√≥ a atravesar las tormentas m√°s duras.

Tal vez por eso estaba tan tenso con el surf. Sab√≠a que Noah tendr√≠a que confiar en s√≠ mismo alg√ļn d√≠a, incluso si nunca involucrara las circunstancias extremas bajo las cuales tuve que hacerlo. Quer√≠a que probara la emoci√≥n de comprender, incluso parcialmente, algo que exig√≠a su convicci√≥n y pasi√≥n, ya que ser√≠a un recurso vital para el resto de su vida. Pero cuando lleg√≥ el momento, lo dej√© pasar.

Tir√© y gir√© tarde en nuestra tercera noche. Noah estaba tumbado en su cama frente al m√≠o, la s√°bana sobre su cuerpo flotaba d√©bilmente en una brisa fresca con aire acondicionado, y una pregunta recurrente me persegu√≠a: ¬Ņsabr√° alguna vez lo que es liberar su imaginaci√≥n en una ola, sentir su cuerpo y mente rompen lo que √©l cree que son sus l√≠mites y lo unen en su propia obra maestra?


Cuando los primeros charcos de luz tocaron el océano, estaba haciendo yoga fuera de nuestra habitación. Fue difícil distinguir el oleaje con el cielo del mismo color metálico que el agua, pero en lugar de las olas flácidas de ayer, distinguí una forma cilíndrica. Entrecerrando los ojos hacia el mar, vi que otra ola se extendía desde el monocromo unidimensional y amenazaba con lanzarse, luego derretirse, antes de doblarse en un anzuelo afilado. Definitivamente real.

Abr√≠ la puerta de nuestra habitaci√≥n. Noah durmi√≥ con un brazo colgando de la cama. Al meterme en los zapatos de mi padre, imagin√© despertar a Noah y sacarlo de la cama y meterlo en las olas. ¬°No puedes dejar que pierda otra oportunidad de oro! El hermoso surf puede durar solo una hora. Podr√≠a pasar otro a√Īo antes de que tenga una oportunidad como esta.

El pr√≥ximo a√Īo tendr√° 15 a√Īos, en plena rebeli√≥n y muy probablemente fuera de su alcance. ¬°Eso es todo! ¬°Esto es lo que estabas esperando!

Pero cuando mi brazo se extendió para sacudir a Noah, simplemente flotó en el aire.

Perdido en alg√ļn rinc√≥n de mi mente, medio formado, parec√≠a haber otra forma de ayudar a mi hijo.

Tal vez lo resolvería en el océano, me dije.

Dejando la puerta entreabierta, salí a remar.


“¬ŅPor qu√© no me despertaste?” Dijo Noah cuando finalmente lleg√≥ a la alineaci√≥n, el mar rebosaba de m√ļsculos hinchados, la jungla gris verdosa se acumul√≥ detr√°s de √©l.

“Quer√≠a que tuvieras un sue√Īo reparador”.

√Čl sonri√≥ y puso los ojos en blanco. “¬°Parece una locura aqu√≠!”

“Hermosa forma”, le dije, con cara de p√≥ker.

“¬°Voy a buscar el chasquido vertical hoy!” dijo, dando vueltas y remando en una peque√Īa pepita.

Las olas eran tan consistentes que no lo vi por m√°s de una hora.

Acababa de terminar un viaje increíble, deslizándome sobre la parte posterior de la ola, cuando apareció Noah, que se zambulló bajo la misma ola.

“Soy un asco”, se quej√≥.

Con la cara apretada, estaba llorando, y estaba en un contraste tan agudo con todo lo que estaba sintiendo y hubiera esperado ver en mi hijo que me reí entre dientes.

“¬ŅQu√© pasa?” Dije.

‚ÄúTrabajo en ello y trabajo en √©l, pero nunca mejoro. Todos mis amigos son mejores. No soy bueno en nada “.

Quer√≠a gritar Ahuyenta a esos demonios. Aplastarlos con mis propias manos. Yo quer√≠a salvarlo. ¬ŅCu√°ntas veces hab√≠a hecho eso? ¬ŅLo rescat√≥, rescat√≥ la sesi√≥n de surf o la pista de esqu√≠ de un berrinche, evit√≥ que se avergonzara en una fiesta de cumplea√Īos? “Agarra mi pierna y te remolcar√©”, quise decir, pero me qued√© callado.

Me levant√© alrededor de las siete y la cama de Noah estaba vac√≠a. Me dirig√≠ a la sala com√ļn y serv√≠ una taza de caf√©. Donde esta Noah? Le pregunt√© a un amigo. Ella se√Īal√≥ por la ventana: “Ha estado surfeando desde el amanecer”.

Tartamudeé allí en disolución, y en ese vacío se me ocurrió una idea escondida en un rincón de mi mente: mi padre nunca tuvo que lidiar conmigo cuando era adolescente, y visto desde el otro lado de esa ecuación, nunca tuve que lidiar con él. Es por eso que no pude tener una idea de lo que Noah y yo estábamos pasando, y eso es lo que me impidió tomar medidas. El camino en el que estábamos se extendía más allá del mapa que mi padre me dejó.

“¬ŅPor qu√© sigo soplando olas perfectas?” Noah grit√≥.

“Hola”, dije con voz resonante, sac√°ndolo de la espiral descendente. ‚Äú¬ŅA qui√©n le importa c√≥mo surfeas? Ese no es el punto de todos modos “.

“Entonces, ¬Ņcu√°l es el punto?”

“Esta. Ahora mismo. La persecuci√≥n. Que tienes pasi√≥n.

“A la mierda la pasi√≥n”.

“Ah, ahora toma eso y rema por cada maldita ola y cabalga como si tu vida dependiera de ello”.

“Pero lo hace”.

“S√≠”, dije y me alej√©.

Will Rogers Beach de Los √Āngeles.

Durante el resto de la ma√Īana, cada vez que me cruzaba en el camino de Noah, √©l estaba moment√°neamente euf√≥rico de un giro o ca√≠do, permanec√≠a solo en la desesperaci√≥n, golpeaba un pu√Īo en la cubierta de su tabla o estaba cavando duro para atraparlo. otra cuchilla de agua inmaculada. Me sorprendi√≥ que nunca me pidiera que comentara sobre ninguna de sus maniobras.

En un momento, entré para rehidratarme y comer un plátano. Caminando de regreso a la playa, vi a Noah apagar el fondo de una ola, ir hacia arriba, romper el labio y romper la cola pero no los hombros, haciendo que su tabla se pegue en la parte superior de la ola. Luego cayó al aire en el comedero y explotó. Cuando salió a la superficie, agarró su tabla y la lanzó al aire, abriendo la boca y aullando, pero el mar agitado se tragó su grito. A medida que avanzaba su sesión de surf, cada vez que Noah se desenredaba en ira o frustración, liberando un poco de tempestad, se absorbía en la fluidez y la inmensidad del océano. Cada nueva ola era una oportunidad para que él comenzara de nuevo, un espacio idílico para superar su furia y perfeccionar su carácter, y estaba claramente más allá de todo lo que podía ofrecer.


Las olas disminuyeron hacia el mediod√≠a. Las rodillas de Noah estaban destrozadas, agrietadas por su almohadilla de cola y cubiertas de agua salada, y le era dif√≠cil caminar, mucho menos surfear. Sab√≠a que ten√≠a mucho dolor porque incluso le imped√≠a jugar al voleibol en la piscina. Cada cojera y mueca parec√≠a reiterar que probablemente no volver√≠a a surfear antes de que terminara el viaje. Me preguntaba: ¬Ņusar√≠a sus rodillas como excusa para no volver a salir?

Esa noche todo nuestro grupo estaba de buen humor, compr√°ndose cervezas y brindando por las olas. Sin embargo, Noah no habl√≥ sobre sus olas; se recost√≥ en una de las sillas de piel de cerdo, algo perdido en un sue√Īo, a la deriva en una corriente privada. Despu√©s de la cena, se escap√≥ con las chicas con las que estaba pasando el rato, y me ca√≠ antes de que volviera.


Tieso y adolorido, decid√≠ dormir. Cerca del amanecer cruji√≥ una puerta y escuch√© algunos ruidos y pens√© que Noah ir√≠a al ba√Īo. Cuando me levant√© alrededor de las siete su cama estaba vac√≠a. Me dirig√≠ a la sala com√ļn y serv√≠ una taza de caf√©, esperando encontrarlo sobre un plato de huevos rancheros. La √ļnica persona en la habitaci√≥n era la t√≠a de una de las chicas con las que Noah se hab√≠a hecho amiga, y le pregunt√© si estaba en su habitaci√≥n “dando vueltas”. Ella se√Īal√≥ por la ventana: “Ha estado surfeando desde el amanecer”.

Una peque√Īa figura cay√≥ en la parte superior del punto cerca de las grandes rocas, y cuando la figura lleg√≥ al fondo de la ola, el labio estaba parado sobre √©l, su cabello rubio ne√≥n sobresal√≠a de la pared azul. Me apresur√© a nuestra habitaci√≥n y agarr√© la c√°mara.

Noah regresó a la cima del punto, y se fue en otra ola. Al establecer una línea alta para llegar a una sección de pelado rápido, redujo su velocidad en el fondo de la ola, dejó que se formara el labio, y luego levantó la cara y giró la tabla, cortando un surco profundo en la cara de la ola. ola Рrepitiendo la maniobra varias veces hasta la orilla. Cuando trotó junto a mí hacia el punto, hice un gesto hacia la cámara. Sin decir una palabra, se acercó y se paró a mi lado. Protegí el escaparate del sol y me desplacé por las secuencias de sus giros.

“No voy tan vertical como pensaba”, dijo.

“Nunca lo hacemos”, le dije. “Vemos el labio sobresalir por encima de nosotros, y nuestros cerebros nos proyectan ligeramente hacia adelante, justo por delante del gancho cr√≠tico”.

“Tengo que luchar a trav√©s de eso”.

“S√≠, a eso se reduce todo”.

√Čl asinti√≥ y not√© que sus rodillas estaban envueltas en cinta adhesiva.

“¬ŅDe d√≥nde sacaste la cinta adhesiva?”

“De uno de los chicos”.

“Buen pensamiento.”

El no respondi√≥. Su mirada segu√≠a una ola, y pude ver sus ojos caer hacia el comedero y hacer una l√≠nea imaginaria justo debajo del labio. Sus fosas nasales se dilataron, y tuve una idea de lo que hab√≠a cambiado en √©l ayer. Esa sesi√≥n de surf lo hab√≠a despojado a su n√ļcleo, y al final no hab√≠a nada que ocultar detr√°s, su pasi√≥n desencadenada.

Noah se volvió y corrió hacia el punto, y yo me recosté en la roca.

Después de algunos intentos, comenzó a hacer que su tabla subiera directamente a la cara, luchando contra el instinto de proyectarse, y realizó una serie de instantáneas verticales legítimas. Pero lo que fue más impresionante fue que estaba despegando profundamente y eligiendo las líneas correctas en las olas correctas, lo que le permitió explorar una amplia variedad de maniobras y realmente empujar lo que él pensaba que eran sus límites. Sabía por experiencia que la base de la fe que había encontrado hoy nunca lo abandonaría.

“Esa fue una sesi√≥n magistral”, le dije cuando entr√≥ para un descanso.

√Čl asinti√≥, con una sonrisa incipiente justo debajo de su boca.

“Gracias Papa. Gracias por llevarme aqu√≠ y aguantar todo ‚ÄĚ.

“De nada.”

La sonrisa se liber√≥ por completo y dijo: “Voy a volver a salir”.

Lo vi trotar por el sendero, desapareciendo por las escaleras de la playa, y le dije al abuelo que me mostraba el cobertizo para el burro. Por supuesto, él sabía que pertenecía a otra persona, y que había una buena posibilidad de que el propietario me encontrara, pero en lugar de intervenir, me permitió tener mi propia experiencia.

Noah reapareció en la arena. Se dirigió hacia la costa y siguió la curva de la cala hasta el punto.

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